jueves, 15 de diciembre de 2011

Más allá de lo retórico


No creo que exista persona (con conciencia desarrollada y madura) que no se haya preocupado alguna vez por la muerte, ya sea llorando por algún ser querido (mis sentidas condolencias a todos ellos) o temiendo dar la última despedida, o tal vez, simplemente preguntándose cómo es ella, qué se siente morir o qué habrá más allá.
Bueno, yo lo he hecho. Me lo he preguntado centenares de veces y de más está decirlo, no he obtenido la respuesta.
El próximo personaje del que hablaré está muerto. Lo creé porque la muerte (vista desde una perspectiva poética, novelesca, fantasiosa) me seduce. El hecho de pensar que de un momento a otro uno podría despertar y encontrarse en un espacio completamente diferente y la realidad creída ya no sería más que una demostración de lo patético que llega a ser nuestro entendimiento sobre lo subjetivo, lo inconcreto es estremecedor, absorbente, es delirante.
Si hoy, (estando viva) desprecio la soberbia humana con toda mi ser, así como la inmadurez de aquellos que creen tener respuestas lógicas a algo que ni siquiera sabemos si es real o producto de nuestra poderoso cerebro, el mundo (porque ¿qué existe y qué no?), no puedo imaginar de qué forma se me presentará el desprecio a todo esto cuando haya muerto.
Imagino que será como ver detrás de un velo transparente todo aquello que veíamos como nuestro mundo, como lo real, lo palpable.
Tan colmados de entendimiento vamos a estar que lo que hoy vemos como retórico se tornará tonto, sencillo como esas operaciones de aritmética que nos eran cómo torturas chinas y años después, luego de haber aprendido polinomios y funciones exponenciales de tercer grado volvemos a verlas y nos parecen sumas simples y estúpidas.
El resto se verá como radiaciones de luces de distintos colores. Será como flotar -como haberse fumado cinco porros juntos de una sola pitada-. Y nos acompañará ese sentimiento que se tiene cuando escuchas tu canción favorita, sintiéndonos acariciados por la fresca brisa característica de primavera u otoño; acostados sobre una alfombra de hojas doradas y resecas, hojas melancólicas. Estando en un vacío sin tiempo, envuelto de recuerdos, sensaciones, rostros queridos. Con todas nuestras utopías vueltas, ahora si, realidad (porque ahí lo real sería simplemente realidad y lo imaginario, imaginario, no habría filosofías o preguntas frikis que tienen sólo respuestas hipotéticas). Y estarían las almas más nobles, siendo agasajados por Dios y sus ángeles.
Es así como ahora me imagino la muerte. Hace unos años creía que me encontraría saltando de nube en nube con alas blancas y destellos dorados. Que entraría al Cielo por un imponente portón muy brillante y Dios me recibiría para abrazarme. Pensaba que sería como vacacionar en el Edén, tomando te con mis seres queridos, con los imaginarios, con las personas que en vida siempre quise conocer y que jugaría mini golf y habrían hadas que me seguirían a todos lados.
Imaginaba que habría una gran mansión con muchas habitaciones donde cada alma tendría la suya propia. Y habría un sector del Cielo dedicado exclusivamente para producir caramelos y chocolates (me gustaba Charlie y la fábrica de chocolate =D). Claro que dicha posibilidad no queda descartada, pero en fin ¿qué se yo, simplona adolescente, de la muerte?
De hecho, hallo más fundamento en decir que el Edén será aquello que más feliz nos hace.

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